Malta: el asesinato de una periodista y la descomposición capitalista

Un paraíso fiscal para la burguesía europea

El atentado que le costó la vida a la periodista maltesa Daphne Caruana Galizia, volvió a hacer saltar a la arena internacional la profundidad y amplitud de los niveles de corrupción que salieron a la luz con la publicación de los denominados Panama Papers, y que alcanzan a empresarios, funcionarios y políticos de distintos países del mundo, incluido el presidente Mauricio Macri.
La periodista y bloguera –que integraba el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) que reveló los Panama Papers- murió por la explosión de una poderosa y sofisticada bomba, activada desde un celular, que fuera colocada en un auto alquilado por ella. Esas características del atentado colocan en la mira a las fuerzas de seguridad e inteligencia, que son las que pueden acceder a una sofisticación semejante y a la posibilidad de colocar el artefacto en el vehículo en pleno día.
El hijo de la periodista –que tiene su mismo oficio- denunció la “cultura de la impunidad” que existe en ese país y culpó por el crimen al gobierno maltés de Joseph Muscat. “Somos un pueblo en guerra contra el Estado y el crimen organizado, que se han vuelto indistinguibles”, añadió.
Días antes de su asesinato, Caruana Galizia había presentado la denuncia de que había recibido amenazas de muerte, según informó el diario maltés Times of Malta. Y, horas antes del atentado, escribió en su blog: “hay delincuentes dondequiera que mires. La situación es desesperada”.
Las denuncias de Caruana Galizia sobre el primer ministro, su esposa, el titular de Energía y el jefe de gabinete, quienes fueran imputados por tener cuentas en paraísos fiscales, habían obligado a Muscat a adelantar un año las elecciones que debían realizarse en junio del año próximo para morigerar el impacto de aquellas sobre el resultado de los comicios en los cuales se jugaba su reelección.
Pero también generaron preocupación entre los grandes capitalistas y funcionarios de distintos países europeos que utilizan a la isla como refugio de su dinero negro.
Es que, en las publicaciones que le costaron la vida, Caruana Galizia desnudó no solo los casos de corrupción que alcanzaban a funcionarios del gobierno maltés –incluido el primer ministro Muscat- sino que mostró que la pequeña isla se había convertido, en el seno de la Unión Europea, en un paraíso fiscal para grandes empresas y fortunas privadas.
Por esa razón, resultan cínicas las muestras de condolencia y repudio que ahora recorren a los más diversos estamentos del establishment europeo, metido hasta las rodillas en el pantano de corrupción cuyas aristas comenzaron a descubrirse con la publicación de los Panama Papers.
Los Panama Papers comenzaron a conmocionar al establishment político y la burguesía de muchos países en abril del año último. El primer ministro de Islandia, Sigmundur Gunnlaugsson, se convirtió en el primer funcionario golpeado por la filtración: dimitió solo dos días después de que los documentos mostraran que su mujer era propietaria de una compañía offshore que él no había declarado al entrar en el parlamento.
Unos días después el ministro de Industria, Energía y Turismo de España, José Manuel Soria, fue quien dejó su cargo después de que se descubriera su vinculación con empresas registradas en paraísos fiscales.
Para su autopreservación, la burguesía de distintos países utilizó todos los mecanismos que tenía a mano, entre ellos los judiciales -como sucediera con el rápido sobreseimiento de Macri por su participación en al menos dos sociedades off shore- para que la marea no llegara más lejos. Se trata de preservar un camino de negocios que, cada vez más, alcanza a segmentos mayores del capital.
Es que, a medida del avance de la crisis económica y la descomposición capitalista, la burguesía orienta una parte creciente de sus beneficios ociosos hacia negocios e inversiones en la economía negra, a desarrollar burbujas especulativas o hacia actividades ilegales. Esta descomposición lleva al límite del crimen que, esta vez, otra vez, golpeó a una periodista que con sus denuncias ponía en evidencia la podredumbre de un sistema. (Fuente:Prensa Obrera. Edición: nuestra).
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