Revolución en la revolución: cómo hizo Fidel Castro para acumular rápidamente todo el poder.

Hace 60 años, el 8 de enero de 1959, a una semana de la caída de Batista, el jefe guerrillero entraba triunfal en La Habana. Desde ese mismo día, se servirá del crédito ganado en la Sierra Maestra para erigirse en jefe absoluto, incumpliendo compromisos previos y deshaciéndose de rivales incómodos.

Fidel Castro del brazo con Manuel Urrutia, junto al Che y otros líderes. Una imagen de pluralismo que pronto se diluirá
Fidel Castro del brazo con Manuel Urrutia, junto al Che y otros líderes. Una imagen de pluralismo que pronto se diluirá.

Sesenta años de leyenda han borroneado un poco los contornos de aquel proceso, sustituyendo la complejidad de un proceso de múltiples actores por el protagonismo excluyente de Fidel y su grupo de leales,cada vez más reducido.

Como en otras revoluciones, también en ésta se desató una lucha interna por el poder luego del triunfo y ya sabemos quien prevaleció en ese proceso.

En apenas un año y medio, el “líder máximo” pasó de jurar públicamente que no era comunista a declarar oficialmente a su régimen como “marxista leninista”.

Sin embargo el proceso de la revolución había sumado a sectores muy diversos; la lucha contra la dictadura de Batista, motivada no sólo por el estancamiento económico y el descontento social, sino por el espectáculo de la corrupción y el gangsterismo, había convocado a un amplio espectro social y político. Y si en la Sierra Maestra el principal soporte del ejército rebelde era el campesinado y el proletariado rural que trabajaba estacionalmente en la zafra, el Movimiento 26 de Julio tenía también una importante inserción urbana.

En julio de 1958, representantes del ejército rebelde de Castro, firman en Caracas, Venezuela, un Pacto con las demás fuerzas de la oposición,por el cual se comprometían a restaurar la Constitución de 1940, derogada por Fulgencio Batista, y a formar un gobierno provisorio que, por deseo de Fidel Castro, sería presidido por Manuel Urrutia.

John Sheahan, un especialista en economías latinoamericanas, explica [en Modelos de desarrollo en América Latina, Alianza Editorial Mexicana] que Cuba padeció más la depresión del 30 porque no tenía forma de contrarrestar sus efectos mediante un proceso de sustitución de importaciones, como sucedió en el resto de América Latina. Su economía monoexportadora, fuertemente dependiente del mercado norteamericano, no tenía margen para eso.

Era por lo tanto un país estancado y descontento, de gran inestabilidad política, que había vivido en las décadas anteriores a la revolución varios golpes y muchos intentos de sublevación social.

Por otra parte, dice Sheahan, “los extremos de corrupción interna y brutalidad del gobierno tan visibles en Cuba desde la época de la dictadura de Machado (19244-1933) crearon considerable simpatía en los Estados Unidos hacia la lucha de los grupos de oposición”.

Y agrega: “Esta simpatía se extendió al grupo de Castro en los cincuentas, en su lucha contra la dictadura de Batista”.

La simpatía fue creciendo a medida que el grupo guerrillero se mantenía firme, al punto de que el presidente Eisenhower suspendió los embarques de armamento hacia Cuba en 1958.

Sin embargo, tras el triunfo de la Revolución, muy pronto las primeras medidas de Castro generarán reacciones negativas en Estados Unidos. Y muy pronto también Castro se acercará a la Unión Soviética.

Pero cabe recordar que esas primeras medidas de Castro también encontraron resistencias en el amplio frente opositor e incluso en el seno del movimiento rebelde, desde donde hasta se formularon críticas a la modalidad de la reforma agraria, considerada demasiado radical.

Primeros días, primeras medidas

Tras la huida de Batista, los conservadores intentan aún retener la situación nombrando en el poder a un militar fiel a Batista, pero al día siguiente Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos, dos de los comandantes revolucionarios que habían ganado el centro del país para la causa, llegan a La Habana y ocupan los cuarteles y fuertes de la capital, mientras que militantes del Movimiento 26 de Julio hacen lo propio con las radios y las sedes de la policía, empezando a patrullar las calles para tranquilizar a la población que temía derramamientos de sangre.

El 2 de enero, por mensaje radial desde Santiago de Cuba, Castro informa que “el pueblo ha elegido presidente a Manuel Urrutia”. El 8 hace su entrada a La Habana en medio del aplauso de la gente. Ese mismo día, en un largo discurso retransmitido por la televisión lanza la primera advertencia contra los futuros enemigos que pueden surgir incluso de las filas revolucionarias.

Fidel Castro aclamado

Fidel Castro aclamado

Ese peligro será esgrimido cada vez que se produzca alguna disidencia, crítica o simple pregunta: toda discrepancia, toda duda, será asimilada a la traición.

En un artículo en L’Historie, Gilles Bataillon, sociólogo especialista en América Latina de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, cita como ejemplo de la temprana encarnación de la Revolución en Castroel hecho de que el diario Revolución, el 4 de enero de 1959, pone a Castro en tapa con el título: “El héroe guia la revolución cubana. ¡Que Dios lo siga iluminando!”

Es el primer paso en un proceso de asimilación de la Revolución con la persona de Fidel, explica. Él es su encarnación. Pronto lo será también de la patria cubana humillada por los Estados Unidos y por políticos corruptos.

Es cierto que sobre muchos referentes de la oposición planea la sombra de compromisos con regímenes anteriores lo que contrasta con la imagen de hombres nuevos de los barbudos de Castro.

Los firmantes del Pacto de Caracas -Castro incluido- se habían comprometido a convocar a elecciones 18 meses después del triunfo de la rebelión. Hasta entonces, la actividad política partidaria quedaría en suspenso y un gobierno provisorio asumiría con plenos poderes y el compromiso de hacer cumplir la Constitución de 1940. El orden público sería asegurado por el Movimiento 26 de julio y el Ejército Rebelde.

Pero, llegada la hora de la institucionalización, Castro no respetará los acuerdos, apelará reiteradamente con astucia a la movilización popular, a la fuerza de la asamblea, a las decisiones por aclamación, para ir acorralando a sus adversarios e imponer sus decisiones. En ese camino, no encontrará una oposición de peso.

En los hechos, el nuevo gobierno lo organiza él, sin consultar a los demás firmantes del pacto y en ocasiones ni siquiera a sus camaradas del Ejército Rebelde.

En un rapto algo excesivo de severidad, se decide por ejemplo que todos los que habían sido candidatos en las elecciones de 1954 ó 1958 -fraudulentas- estarían proscriptos de la actividad política.

Se habilitan tribunales especiales para juzgar a los personeros del régimen implicados en actos graves de represión durante la dictadura. Se pronunciarán 200 sentencias de muerte. El “detalle” es que estas decisiones se basan en decretos dictados por Castro en la Sierra Maestra y que de hecho parecen tener primacía sobre la Constitución de 1940, cuya rehabilitación, pese a estar en el programa de la revolución, no se hace efectiva.

Para salvar este “detalle”, el gobierno provisional anuncia el mismo 16 de enero que “actualizó por decreto” la Constitución. Por obra y gracia de esta decisión la pena de muerte es retroactiva.

Esto no es fortuito: será la imagen de marca de la Revolución Cubana en adelante. Su legitimidad y legalidad se basa en la voluntad de quien la encarna de modo cada vez más personal y se va convirtiendo poco a poco en su único intérprete válido.

Fidel Castro con el Che

Fidel Castro con el Che

Frente a las críticas de Washington ante estas ejecuciones, Castro se defiende acusando no sin algo de razón a ese país de no haberse preocupado cuando Batista aplicaba una parodia de justicia a sus militantes.

Pero no se queda en palabras. Apela a un recurso que desde entonces se volverá moneda corriente: convoca a un gigantesco acto de masas el 22 de enero. En su discurso compara la justicia revolucionaria cubana con el juicio de Nuremberg, en favor de la primera. Nuevamente, apela a la comparación con crímenes más graves. Les echa en cara a los estadounidenses Hiroshima y Nagasaki. Y cierra su discurso ratificando el método plebiscitario que usará en adelante en tantas circunstancias: “El jurado de un millón de cubanos de todas las ideologías y de todas las clases sociales ha votado”.

Poco después, Castro dirá: “La justicia revolucionaria no se basa en los preceptos legales sino en la convicción moral”.

“Queda claro -dice Bataillon- que Castro no sólo es el intérprete de la voluntad revolucionaria, sino que sólo él tiene el poder para convocar y hacer existir al pueblo cubano. Él es el ordenador de una nueva institucionalización de lo social. El pueblo y la nación cubanos son remodelados por esta simbiosis con su jefe. el pueblo y la sociedad cubanos existen por él”.

El paso siguiente será hacer abolir la Constitución de 1940 -tan pronto como el 7 de febrero- y delegar el poder legislativo en el gobierno provisional que, desde entonces, legisla por decreto. Castro blanquea en parte su poder asumiendo el cargo de Primer Ministro. Para Urrutia, eso implicará un fuerte recorte de poder. Pocos meses después, el primer presidente de esta nueva etapa será uno de los primeros exiliados del castrismo.

En los hechos, Castro ya concentra los tres poderes, resume Bataillon: como primer ministro, el Ejecutivo; a través de sus decretos, el legislativo y vía manipulación de masas y su “convicción moral”, el judicial.

Por supuesto que no todo es manipulación. En materia social, Castro promueve una serie de medidas que le garantizan el apoyo popular, pues responden a demandas de vieja data y reparan injusticias.

Baja drástica de los alquileres, en especial los más bajos, y disminución de las tarifas de los servicios, electricidad y teléfonos en particular. Confiscación de bienes de los personeros del anterior régimen y, muy pronto, una drástica reforma agraria que distribuirá tierras a los campesinos y al proletariado rural que fueron uno de los grandes pilares del movimiento castrista.

El Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA) se ocupará no sólo de confiscar las propiedades de más de 400 hectáreas sino que tendrá poderes en todo el territorio, dividido en 28 zonas, cada una con un administrador del INRA que tiene discrecionalidad en materia de obras públicas, urbanismo y vivienda, educación y salud.

Estas atribuciones conferidas al Instituto reflejan el nuevo equilibrio de poder en el campo revolucionario: Castro les da la primacía a los hombres de la Sierra por encima de los militantes urbanos del Movimiento 26 de julio. Los primeros le deben todo y le son de una lealtad sin fisuras; los segundos son más independientes. El INRA -dice Bataillon- es la herramienta de la que servirá Fidel para remodelar el país y redistribuir la riqueza y los medios de producción.

Poco a poco el INRA suplanta al mismísimo ejército rebelde donde quedan algunos jefes cuyos galones, ganados en el combate codo a codo con Fidel, los vuelven peligrosos, sobre todo si se animan, como Huber Matos, a expresar sus diferencias públicamente.

El comandante del ejército rebelde Huber Matos junto a Fidel. Poco después, éste lo enviaría a prisión por 20 años por criticar el giro comunista de la revolución

El comandante del ejército rebelde Huber Matos junto a Fidel. Poco después, éste lo enviaría a prisión por 20 años por criticar el giro comunista de la revolución

En cambio, los hombres promovidos por Fidel en el INRA no tienen un pasado combativo propio que los habilite: su poder emana del líder máximo que los designó.

Hubo varios líderes de la oposición no castristas que se animaron a cuestionar algunos aspectos de la reforma agraria, por ejemplo, y fueron de inmediato calificados por Fidel como “traidores”, sin más. Y, sin la menor consideración por su aporte a la caída de Batista, fueron perseguidos como criminales.

Un caso irónico es el del líder comunista Aníbal Escalante. El PC de Cuba se llamaba Partido Socialista Popular (PSP). Inicialmente no participa de la revolución, pero progresivamente se va a cercando al Movimiento 26 de Julio y a partir de febrero de 1958 algunos de sus militantes toman las armas.

Después de la Revolución, el PSP logra ubicar a muchos de sus cuadros en puestos clave, de gobierno y militares, en parte debido a su mejor formación. Pero ello implica muchas veces un relegamiento para otros combatientes con más galones, lo que obviamente genera descontento.

En julio de 1961 se produce la fusión del Movimiento 26 de julio con el PSP y con Directorio Revolucionario, otra organización que había participado de la lucha armada. Toman el nombre de Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI). En marzo de 1962, Fidel lanza -con un  largo discurso televisivo según su costumbre- una diatriba contra el secretario de organización del PSP, Aníbal Escalante, por supuestamente estar intentando copar las ORI y ¡volcarlas al estalinismo! Graciosamente, los acusa de “sectarios” y, como nadie resistía ya una diatriba de Fidel, Escalante se exilia dos años en la Unión Soviética…

Fidel Castro flanqueado por Camilo Cienfuegos y por Huber Matos. El primero murió en un sospechoso accidente de aviación, el segundo pasó 20 años en prisión

Fidel Castro flanqueado por Camilo Cienfuegos y por Huber Matos. El primero murió en un sospechoso accidente de aviación, el segundo pasó 20 años en prisión

“Trayectoria tortuosa la del Líder Máximo”, dice con justicia el historiador Pierre Vayssière en referencia a las volteretas de Fidel que primero niega ser comunista, luego se declara marxista leninista y poco después acusa a Escalante de estar infiltrando el castrismo con estalinistas…

El caso Huber Matos es mucho más trágico. Tras pelear toda la guerra revolucionaria junto a Fidel, llega al cargo de comandante. Pero ya en julio de 1959 expresó públicamente diferencias con Castro por su acercamiento al comunismo y las modalidades de la reforma agraria. En octubre renunció por el giro comunista del gobierno y envió una carta a Fidel. Este lo acusó de sedición y lo hizo arrestar. Matos pasará 20 años en prisión.

Manuel Urrutia era un juez respetable, que había sido elegido por Castro como presidente provisional porque había afirmado en su momento que los expedicionarios del Granma habían actuado de modo conforme al espíritu de la Constitución del 40.

Pero Fidel no dudará en atacarlo cuando sienta que es un freno a sus planes. Para forzar la salida de Urrutia, a mediados de junio presenta él mismo su renuncia al cargo de primer ministro. Luego aparece en televisión para criticarlo, lo trata de venal, lo acusa de poner palos en la rueda y de alimentar la “leyenda” de que existe una penetración comunista en el gobierno -el mismo fantasma que agita Estados Unidos- y que podría servir de excusa a una intervención extranjera.

Huber Matos

Huber Matos

El 26 de julio asume un nuevo presidente, Osvaldo Dorticós. Su nombre es sugerido por Raúl Castro y por Ernesto Guevara. Sin sorpresas, el flamante jefe de gobierno vuelve a convocar a Fidel Castro para el cargo de Primer Ministro.

Gilles Bataillon lo resume así: “La estabilidad de Cuba exige que él conjugue en su persona la función de Primer ministro, la de jefe del Ejército rebelde, ese cuerpo heroico que ha permitido el derrocamiento de Batista, y finalmente la de responsable del INRA, el nuevo organismo de la Revolución. Tal es la mutación política y al mismo tiempo social que tiene lugar durante los primeros seis meses de la Revolución. Castro, jefe de una guerrilla que pretendía ser la reencarnación del héroe de la Independencia cubana José Martí, se transforma seis meses después en un dictador que dominará durante medio siglo”.

FUENTE: INFOBAE

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