
Historias policiales que marcaron una época: la muerte del bicicletero del barrio
Redacción
El jueves 27 de marzo de 2003 no fue un día más en Rafaela. Tampoco lo fue para el barrio 9 de Julio. A partir de esa mañana, el calendario quedó marcado para siempre con una noticia que corrió de boca en boca y dejó una herida abierta en la memoria colectiva.
Juan “Bastián” Ferrero tenía 81 años y una vida entera dedicada a arreglar bicicletas. Soltero, sencillo, conocido por todos. Su casa de calle Arenales era mucho más que una vivienda: era un punto de encuentro, un lugar al que se entraba sin golpear, casi como una extensión de la vereda.
Bastián era así. Confiado, conversador, siempre dispuesto a recibir a cualquiera que pasara a saludar. Por eso, la puerta de servicio solía quedar abierta. No por descuido, sino por costumbre. Por confianza.
Cerca de las nueve de la mañana, uno de sus amigos llegó a visitarlo. Entró como tantas otras veces. Caminó hacia la cocina. Y en la antecocina se encontró con algo que jamás hubiera imaginado: el cuerpo de Bastián tirado en el suelo, inmóvil, sin vida.
El estupor fue inmediato. El pedido de ayuda, desesperado. Los vecinos llegaron rápido. Alguien dio aviso. Y la casa que siempre había sido sinónimo de charla y ruedas pinchadas se transformó, de golpe, en una escena de muerte.
En un primer momento, el golpe en la cabeza llamó la atención. Parecía violento. Parecía suficiente para explicar el final. Pero con el correr de las horas, la historia empezó a oscurecerse.
Bastián no solo estaba golpeado. Estaba amordazado.
Un repasador de cocina le había sido colocado en la boca. Y el cuerpo, ya rígido, indicaba que la muerte no había sido reciente. Las pericias posteriores confirmaron lo que nadie quería escuchar: el golpe no había sido mortal. La causa real del fallecimiento fue asfixia. Y el crimen se había cometido entre diez y doce horas antes de que el amigo lo encontrara.
La investigación se puso en marcha. Hubo allanamientos, testimonios, versiones que circularon en voz baja. También comentarios que nunca llegaron a confirmarse oficialmente: que la escena habría sido alterada sin intención, que pruebas importantes no se preservaron como correspondía, que incluso una huella pudo haberse perdido para siempre.
Durante los primeros días hubo expectativas. La sensación de que el responsable podía aparecer. De que el crimen de un hombre tan conocido no iba a quedar impune.
Pero el tiempo pasó. Los días se volvieron semanas. Las semanas, meses. Y las certezas se fueron diluyendo. Hasta hoy, desde la Justicia nunca se informó un esclarecimiento del caso.
Lo que sí quedó fue el recuerdo.
El de Bastián, el bicicletero. El vecino que saludaba a todos. El hombre que confiaba. El que dejó su puerta abierta y nunca imaginó que alguien iba a cruzarla con otra intención.
Hay historias policiales que se recuerdan por la violencia. Otras, por la magnitud del hecho. Esta se recuerda por algo distinto: porque fue la muerte de alguien que era parte del barrio. Porque ocurrió en una casa que siempre estaba abierta. Y porque, más de veinte años después, sigue siendo una pregunta sin respuesta.


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