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¿Debate o show? La política del relato, cuando repetirlo alcanza para instalarlo

Un video difundido en redes por el concejal Fabricio Dellasanta, de La Libertad Avanza, desató una fuerte discusión en el Concejo. Más allá de las diferencias políticas, el intercambio expuso una grieta más profunda: la del respeto institucional y los límites del discurso público.
Editorial26/03/2026RedacciónRedacción

Lo que debía ser una reunión de comisión terminó convertido en un cruce áspero, cargado de reproches, acusaciones personales y pases de factura. El detonante fue un video publicado por Dellasanta en el que cuestionó la presencia y el trabajo de sus pares durante una jornada no laborable, en el país.

La discusión no giró solamente en torno a si hubo o no actividad ese día, sino sobre algo más delicado: la utilización de redes sociales y medios de comunicación para instalar una narrativa que, según varios ediles, no se ajusta a lo ocurrido dentro del ámbito institucional.

Durante el intercambio, distintos concejales defendieron que el trabajo legislativo no se limita a “estar en el escritorio” y remarcaron que muchas tareas se desarrollan en territorio, en reuniones o desde los propios domicilios. También señalaron que el calendario de comisiones estaba previamente acordado y que no hubo incumplimiento formal.

Del otro lado, Dellasanta sostuvo que el Concejo debe cumplir horarios fijos y reducir lo que considera “privilegios”, apuntando a la flexibilidad laboral y al nivel salarial. Insistió en que existe malestar ciudadano frente a la política y planteó que la responsabilidad debe ser visible y concreta.

Pero lo que tensó aún más el clima fue el tono. La palabra “mentira” apareció repetidamente. También “mitómano”, “vago” y “vergüenza”. En ese contexto, la discusión se desbordó del eje administrativo y se convirtió en una disputa sobre credibilidad, marketing político y formas de ejercer la representación.

Algunos ediles señalaron que la estrategia comunicacional basada en la denuncia constante y en la exposición mediática busca rédito político inmediato, incluso a costa de dañar la imagen institucional del cuerpo. Otros defendieron la necesidad de “decir lo que se piensa” sin medir consecuencias.

El trasfondo no es menor. Cuando un representante acusa públicamente a sus pares de no trabajar, el impacto trasciende lo personal. Se pone en juego la confianza en el órgano legislativo en su conjunto. Y aunque la política es, por definición, confrontación de ideas, el límite aparece cuando la discusión se desplaza hacia la descalificación.

En tiempos donde la comunicación digital amplifica cada frase y cada gesto, la tentación de instalar una consigna simple —aunque no refleje toda la complejidad— es grande. La repetición constante puede construir percepciones difíciles de revertir. Pero la democracia no se sostiene en slogans ni en videos virales: se sostiene en reglas, debate y respeto.

Quizás la pregunta que queda flotando no es quién fue el lunes ni quién llegó a qué hora. La pregunta es otra: ¿qué tipo de política quiere mostrar el Concejo de Rafaela?

Porque más allá de las diferencias ideológicas, antes que adversarios son representantes públicos. Y la investidura no es un detalle menor: es la base misma de la confianza ciudadana.

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