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La tarde en que las balas rompieron la infancia en Rafaela

El viernes 6 de mayo de 2016 no se fue nunca del todo. Quedó flotando en la memoria de la ciudad como esas escenas que nadie quiere volver a mirar, pero que regresan solas. Eran minutos previos a las seis de la tarde cuando, en el acceso a barrio Barranquitas, una discusión común empezó a mutar en algo irreversible.

Policiales15/02/2026RedacciónRedacción
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El lugar era conocido. Un punto de reunión. Un rato compartido. Nada hacía prever que, en cuestión de segundos, ese espacio iba a convertirse en escenario de muerte. Una moto llegó, las palabras subieron de tono y la bronca vieja —esa que se arrastra en silencio— apareció sin filtros. Había una deuda, reproches, miradas tensas. Y después, el ruido seco de un arma.

Primero uno. Después otro. El intercambio fue breve, brutal, desordenado. Las balas no distinguieron edades ni culpas. El miedo se apoderó del lugar y los gritos rompieron la tarde. En medio de ese caos, Guillermo Fabián Geréz, de apenas 15 años, cayó al suelo. Un disparo lo había alcanzado.

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No hubo ambulancia. No hubo tiempo. Lo cargaron en una moto, con la urgencia desesperada de quien sabe que cada segundo cuenta. Pero no alcanzó. Guillermo murió poco después, dejando a Rafaela frente a una escena que hasta entonces parecía ajena: un adolescente asesinado a balazos a plena luz del día.

La ciudad se detuvo. La noticia corrió rápido y el impacto fue inmediato. No era solo un homicidio. Era un límite que se había cruzado. La violencia ya no estaba lejos, ni escondida, ni contenida en relatos de otras ciudades. Había entrado de lleno en la vida cotidiana.

La investigación avanzó con rapidez. Uno de los hombres involucrados fue detenido como presunto autor del disparo mortal. El otro logró escapar. En el lugar quedaron vainas, marcas, silencios. El arma homicida nunca apareció, como si también se hubiera perdido entre el miedo y la huida.

Meses después, el caso se resolvió en tribunales mediante un juicio abreviado. La Justicia concluyó que los disparos se realizaron con conocimiento del riesgo letal. La bala que mató a Guillermo ingresó por su pierna y provocó una hemorragia interna imposible de detener. La condena fue de 13 años de prisión efectiva.

Pero ninguna sentencia alcanzó para cerrar esa herida.

Para Rafaela, aquella tarde marcó un quiebre. Porque no fue solo la muerte de un chico. Fue la confirmación de que la violencia armada podía irrumpir sin aviso, en cualquier esquina, en cualquier momento. Que una discusión podía terminar en tragedia. Que la infancia podía quedar en medio del fuego.

Desde entonces, el nombre de Guillermo Geréz quedó asociado a una pregunta que todavía incomoda: ¿en qué momento todo se desbordó?

Ese viernes, la ciudad no solo perdió a un adolescente. Perdió la tranquilidad de creer que estas cosas no pasaban acá.

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