
Lo que ocurrió en San Cristóbal no admite interpretaciones apuradas, ni lecturas ideológicas, ni especulaciones livianas. Hay un chico muerto. Hay adolescentes heridos. Hay familias atravesando el peor momento de sus vidas.
Y, sin embargo, en ese contexto, Fabricio Dellasanta decidió escribir.
No para acompañar. No para solidarizarse. No para aportar claridad. Sino para opinar sin conocer, para emitir juicios en caliente y, lo que es peor, hacerlo desde un lugar que expone una preocupante falta de sensibilidad.
No es un error. Es una elección.
Porque cualquier persona con un mínimo de criterio entiende que, cuando la información es preliminar y el dolor es tan profundo, lo que corresponde es esperar. Escuchar. Respetar.
Pero no. Eligió hablar.
Y no es un hecho aislado. Es parte de una forma de actuar. La misma que hoy lo tiene en el centro de una causa judicial por no haber cumplido con obligaciones básicas, como registrar a un trabajador y hacerse cargo de lo que corresponde.
No es solo lo que dice. Es desde dónde lo dice.
Porque cuando alguien que ni siquiera pudo responder en tiempo y forma ante la Justicia pretende dar lecciones o interpretar una tragedia, el problema deja de ser una opinión desafortunada y pasa a ser algo más profundo: una desconexión total con la realidad.
Hay familias que todavía no saben cómo van a seguir. Hay chicos que van a necesitar años para procesar lo que vivieron.
Y del otro lado, un concejal escribiendo como si se tratara de una discusión más en redes.
No todo es contenido. No todo es opinión. No todo es política.
Hay momentos en los que callar no es una opción: es una obligación moral.
Y esta vez, como tantas otras, no estuvo a la altura.



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