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La secundaria en crisis: más de tres de cada diez adolescentes no alcanza los aprendizajes básicos

Un informe reciente vuelve a encender alarmas sobre la escuela secundaria en la Argentina. La pobreza educativa crece, se profundiza por nivel social y expone una desigualdad que el sistema no logra revertir.

Educación22/01/2026RedacciónRedacción
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Terminar la escuela secundaria comprendiendo lo que se lee debería ser un piso mínimo para cualquier joven. Sin embargo, en la Argentina ese umbral básico está lejos de garantizarse. La pobreza educativa —entendida como no completar la secundaria con los aprendizajes fundamentales— alcanza hoy a más de tres de cada diez adolescentes y revela una crisis silenciosa que atraviesa al sistema educativo.

Los datos muestran que el problema no es homogéneo. Mientras algunas provincias presentan niveles relativamente bajos de exclusión educativa, otras superan holgadamente el 50%. La brecha territorial es profunda y deja en evidencia que el lugar donde se nace sigue condicionando de manera decisiva las oportunidades de aprendizaje.

Santa Fe no escapa a esta realidad. La provincia se ubica por encima del promedio nacional, con una situación que combina escolarización sostenida pero serias dificultades para garantizar aprendizajes significativos en el tramo final de la secundaria. Es decir, muchos estudiantes siguen dentro del sistema, pero no logran adquirir las herramientas básicas para desenvolverse con autonomía en la vida adulta.

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El origen social aparece como el factor más determinante. Entre los adolescentes de hogares con menores ingresos, la pobreza educativa alcanza niveles alarmantes: más del 60% no logra terminar la secundaria con comprensión lectora suficiente. En el extremo opuesto, entre los sectores de mayores ingresos, el porcentaje se reduce de manera considerable. La escuela, lejos de equilibrar, termina reproduciendo desigualdades que se arrastran desde edades tempranas.

Otro dato clave es que no toda pobreza educativa responde al abandono escolar. En muchas provincias, el principal problema no es que los jóvenes dejen la escuela, sino que permanecen en ella sin aprender lo indispensable. La exclusión, en esos casos, ocurre dentro del aula, en trayectorias escolares formales pero vacías de contenido real.

El análisis también pone sobre la mesa un debate incómodo: el gasto educativo, por sí solo, no garantiza mejores resultados. Hay jurisdicciones con niveles de inversión similares que exhiben desempeños muy distintos, lo que expone falencias en la asignación de recursos, en la gestión y en las estrategias pedagógicas.

La secundaria aparece así como el eslabón más frágil del sistema educativo. Los rezagos acumulados en la primaria, sumados a contextos sociales adversos, derivan en trayectorias interrumpidas, aprendizajes débiles y jóvenes que egresan —cuando lo hacen— sin las competencias básicas para estudiar, trabajar o participar plenamente en la sociedad.

Reducir la pobreza educativa no es solo una meta escolar: es una condición indispensable para romper la reproducción de la desigualdad. Sin decisiones de fondo, políticas sostenidas y un debate honesto sobre lo que ocurre puertas adentro de las aulas, la secundaria seguirá siendo una promesa incumplida para miles de adolescentes.

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