El tiempo - Tutiempo.net

El conductor argentino: entre el ego y la naturalización del riesgo

Una mirada directa sobre la conducta al volante que pone el foco donde más incomoda: no en las rutas, sino en las decisiones de quienes manejan.
Editorial05/05/2026RedacciónRedacción

Por Sebastián Horacio Trovato. / Analista de seguros y siniestros viales.

En Argentina, el debate sobre la seguridad vial suele activarse después de la tragedia, cada siniestro reabre una discusión conocida: El estado de las rutas, la falta de señalización, la ausencia de controles. Y si bien estos factores son reales y forman parte de una deuda estructural que el Estado arrastra desde hace años, centrar el análisis exclusivamente en ellos implica, en algún punto, desviar la atención de la causa más determinante: El comportamiento humano, y digo entonces que antes del impacto, antes del daño, antes de convertirse en una estadística, hay una decisión. Y a esa decisión muchas veces se la intenta suavizar llamándola “error”, cuando en realidad no lo es.

El conductor argentino, en términos generales, se mueve dentro de una lógica donde el ego, el apuro y la mala costumbre pesan más que la norma. Se conduce más por impulso que por regla, más por percepción personal que por un sistema de prioridades claramente establecido. En ese contexto, la infracción deja de ser percibida como tal y pasa a formar parte de lo cotidiano. La negligencia, lejos de ser una excepción, se convierte en hábito.

La pregunta, entonces, no es solo qué ocurre en el momento del siniestro, sino qué ocurre antes. Y la respuesta incomoda: Muchas de las conductas que terminan en hechos graves no son errores inevitables, sino decisiones conscientes. Decidir exceder la velocidad, ignorar una prioridad, utilizar el celular al volante o minimizar el riesgo bajo la lógica del “no pasa nada” no son actos fortuitos. Son elecciones que, repetidas a escala social, configuran una cultura vial.

Esa cultura, además, no surge de manera espontánea. Se construye, se aprende y se reproduce. Desde edades tempranas, los jóvenes incorporan hábitos y conductas observando el entorno, ven cómo se cruzan semáforos en rojo, cómo se desestima al peatón, cómo se relativizan las normas. En ese aprendizaje informal, muchas veces más influyente que cualquier campaña o contenido educativo, se consolida la idea de que el riesgo es tolerable y que la ley es flexible.

Frente a este escenario, resulta imprescindible insistir en un enfoque de responsabilidad compartida. El Estado debe mejorar la infraestructura, fortalecer los controles y sostener políticas públicas eficaces. Pero la sociedad, y particularmente cada conductor (y cuando los menciono, involucro a todas las categorías/tipos de conductores), no puede quedar al margen de esa responsabilidad. La seguridad vial no se construye únicamente desde la norma escrita, sino desde la conducta cotidiana.

En ese punto, el rol de la familia adquiere una dimensión central. Los padres no solo transmiten conocimientos, sino que modelan comportamientos. Cada acción al volante, cada respeto (o incumplimiento) de una regla, es también una forma de enseñanza. Educar en seguridad vial no empieza en una escuela de manejo: empieza en casa.

La naturalización del riesgo es, quizás, uno de los problemas más graves y menos visibles. Porque cuando el peligro se vuelve parte del paisaje, el siniestro deja de percibirse como un hecho extraordinario y pasa a ser una consecuencia esperable.

Y aceptar eso, como sociedad, es el verdadero problema.

Te puede interesar
Lo más visto