
Carne bajo presión: por qué el mostrador sigue ajustando y el consumo entra en zona de alerta
Redacción
Detrás del precio que paga el consumidor hay una combinación de variables que vienen operando en simultáneo. Por un lado, el valor del ganado para faena registró subas muy por encima del promedio de la inflación durante los últimos doce meses. Por otro, la exportación sostuvo una fuerte competencia por la hacienda disponible, validando precios más altos y marcando un piso que también impacta en el mercado local.
A ese cuadro se sumó una menor oferta de animales. Las recrías se extendieron más de lo habitual, lo que demoró el ingreso de hacienda al circuito de faena y redujo la disponibilidad en un contexto de demanda firme. El resultado fue una presión adicional sobre los valores, que terminó trasladándose, tarde o temprano, al mostrador.
La cadena, sin espalda para absorber más costos
El impacto no se limitó al productor. Frigoríficos y carnicerías atravesaron gran parte del año con márgenes cada vez más ajustados, en muchos casos directamente negativos. Con costos energéticos, laborales y fiscales en alza, la posibilidad de seguir absorbiendo aumentos sin trasladarlos al precio final se volvió prácticamente inviable.
Durante varios meses, el sector intentó contener los valores al público para evitar un golpe mayor sobre el consumo. Pero ese esfuerzo encontró un límite claro hacia fin de año. En diciembre se produjo un quiebre: mientras la inflación general fue moderada, la carne registró un salto muy superior, evidenciando el atraso acumulado.
Los números anuales lo reflejan con claridad. En 2025, el precio de la hacienda aumentó cerca del 80%, mientras que la carne en góndola acumuló alrededor del 70%. Esa diferencia explica por qué el mercado todavía arrastra tensiones y por qué no se descartan nuevos ajustes si las condiciones estructurales no cambian.
Exportación firme y consumo más selectivo
El frente externo sigue siendo clave. La exportación se mantiene activa y funciona como sostén de los valores del ganado, limitando cualquier posibilidad de baja pronunciada en el mercado interno. Al mismo tiempo, el consumo local no colapsó, pero sí comenzó a mostrar cambios: mayor selección de cortes más económicos y un crecimiento de proteínas alternativas.
Ese comportamiento puede actuar como un freno parcial a nuevas subas, aunque no alcanza por sí solo para revertir la tendencia. La brecha entre lo que cuesta producir, faenar y vender carne y lo que puede pagar el consumidor sigue siendo el punto más frágil del sistema.
Con la mirada puesta en 2026, el interrogante permanece abierto. La evolución del poder adquisitivo, la disponibilidad de hacienda y el peso de los costos definirán hasta dónde puede tensarse una cadena que ya opera al límite. Mientras tanto, el precio de la carne sigue siendo un termómetro sensible de una economía que aún busca equilibrio entre producción, ingresos y consumo.



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