

En la Argentina de hoy conviven dos realidades económicas tan opuestas como inquietantes. Por un lado, un relato de estabilidad que se apoya en variables macro controladas: dólar quieto, inflación desacelerando y reservas en alza. Por otro, una economía de base que se resquebraja bajo el peso de la recesión, con comercios que no logran cubrir sus costos y familias que recortan hasta en alimentos.
La postal es nítida: mientras una porción de la población con ingresos dolarizados o capacidad de ahorro aprovecha el contexto para cambiar el auto, viajar o comprar tecnología, la mayoría enfrenta un escenario restrictivo, donde consumir es un lujo. Según estudios privados, la mitad de los hogares no llega a cubrir sus necesidades básicas y un tercio debe resignar gastos esenciales para afrontar servicios o alquiler.
En este panorama, el comercio minorista emerge como uno de los sectores más vulnerables. A la caída de ventas se suman costos fijos en alza, tarifas que no dan tregua, presión fiscal y una competencia feroz –a veces desleal– que llega desde canales informales o productos importados a bajo precio. Muchos comerciantes reconocen que, incluso vendiendo, apenas alcanzan para cubrir el mes.
Las promociones y cuotas sin interés ya no funcionan como antes. La gente camina, pregunta y se va. La demanda es selectiva, pensada, cautelosa. Los rubros no esenciales están en terapia intensiva, y hasta algunos básicos muestran señales de fatiga. En paralelo, el empleo en el sector se achica o se informaliza, lo que retroalimenta la fragilidad.
La economía marcha a dos velocidades. Una parte avanza con aire en los pulmones; otra, más amplia, resiste con lo justo. La paradoja es contundente: la macro mejora, pero la microeconomía sangra. Y sin reactivación del consumo interno, sin alivio fiscal, sin control sobre la competencia desleal, el entramado comercial que da vida a los barrios y motoriza miles de empleos podría seguir perdiendo piezas.
El desafío es doble: sostener la estabilidad sin dejar a la economía real a la intemperie. Porque no hay equilibrio macro que sirva si la calle, esa que palpita todos los días, se queda sin oxígeno.


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