
Invierno tóxico: el silencioso enemigo que pone en riesgo miles de vidas
Redacción
El invierno llegó con crudeza, y con él, un viejo enemigo invisible volvió a escena: el monóxido de carbono. En lo que va de 2025, el número de personas intoxicadas por este gas aumentó un 57 % respecto al promedio de los últimos cinco años, con 473 casos confirmados en todo el país hasta el 21 de junio. Las cifras surgen del último Boletín Epidemiológico Nacional y marcan una tendencia que alarma a profesionales de la salud.
El salto no es casual. El frío intenso obliga a encender estufas, braseros y artefactos de combustión, muchas veces en condiciones inseguras. En un contexto económico ajustado, son miles los hogares que apelan a equipos viejos o instalaciones precarias, sin controles técnicos ni ventilación adecuada. El resultado: un gas sin olor, sin color y sin sabor que se acumula en el aire y puede matar sin avisar.
En los últimos días, la tragedia se hizo tangible. Cinco personas murieron en una casa de Villa Devoto, mientras que otras víctimas fatales se registraron en Córdoba y Mendoza. Son apenas algunos ejemplos de un fenómeno que no distingue edades ni clases sociales.
Los especialistas en toxicología apuntan a un combo peligroso: instalaciones defectuosas, falta de mantenimiento, ausencia de detectores y desconocimiento de los síntomas. “Muchas veces los primeros signos —dolor de cabeza, náuseas, mareos— se confunden con otras afecciones, y eso retrasa la consulta”, advirtió el doctor Gabriel Arcidiacono, del Hospital de Clínicas.
La peligrosidad del monóxido radica en su capacidad de mimetizarse. Al no producir irritación, su presencia pasa desapercibida. Y cuando se lo advierte, puede ser tarde. El gas interfiere en la oxigenación de la sangre, afectando especialmente al cerebro y al corazón. En los casos graves, puede provocar pérdida de conocimiento, convulsiones, coma y muerte.
Desde el ámbito médico remarcan que la prevención es la única defensa eficaz. La doctora Paola Caro, de la empresa Vittal, insistió en la necesidad de revisar artefactos con gasistas matriculados, garantizar la ventilación permanente y no usar hornallas para calefaccionar. También recomendó la instalación de detectores de monóxido: son dispositivos simples que emiten una alarma cuando el gas se acumula en niveles peligrosos.
Pero el problema excede lo individual. En edificios, barrios o viviendas colectivas, una fuga puede afectar a personas que ni siquiera usan gas. Por eso, la comunicación y el abordaje comunitario también son clave. Ante un caso confirmado, hay que alertar a vecinos y contactos cercanos.
El crecimiento sostenido de estos episodios exige una respuesta pública más decidida: campañas de concientización, subsidios para mantenimiento de calefactores, entrega de detectores en sectores vulnerables, y controles más estrictos sobre instalaciones domiciliarias.
Porque lo cierto es que, año tras año, el monóxido de carbono se cobra vidas que podrían salvarse con medidas simples pero efectivas. Y mientras el termómetro baja, el riesgo sube. Lo invisible también mata.


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